viernes, 24 de abril de 2020

MI NUEVO AMIGO EL DIFUNTO- Cuento literario- Francisco Urrea Pérez- Escritor Colombiano


Me estaba cogiendo el día y nada podía hacer. El tráfico imposible, el taxi donde me transportaba no avanzaba y para empeorar la situación, tenía un orinada que no podía ya soportar. Llamé por teléfono celular al despacho y les comenté la situación, me excusé y pedí que aplazaran la audiencia, por fortuna, accedieron a mi petición.

Le dije al taxista que por favor me ubicara un baño y él me dijo que justo al frente había una funeraria, que ahí podía orinar y salir, que si quería él me esperaba. Agradecí su gentileza y le pedí que me dejara ahí, ya no tenía prisa, y hombre accedió, le pagué la carrera y me bajé.

Casi no podía andar. Llevaba el portafolio, la gabardina y estaba enfundado en traje de Litis.

Al llegar a la puerta de funeraria me abordó el vigilante y me preguntó que a quien iba a visitar, le dije a un amigo pero aún no sé si ya lo habían traído. Me dijo, sí, los señores de la funeraria lo están entrando, me acerqué a uno de ellos y le pregunté, ése es don… y me contestó sí, es don  Gustado Mendoza. Seguí a buscar el ansiado baño y me abordó la recepcionista y me inquirió sobre el finado. Le dije el nombre, ella buscó y me dijo que lo estaban instalando en la sala No, 304 del tercer piso.

No conocía la funeraria y fui hacia el ascensor y estaba arriba, así que me devolví y fui a buscar un baño en el primer piso. El guarda me alcanzó y muy amable me dijo que mi amigo estaba era en el cuarto piso. Así que me devolví y esperé el ascensor. No aguantaba más.

No había mucha gente porque eran como las
ocho y media de la mañana. Afuera llovía intensamente y la ciudad estaba oscura, soportando un crudo invierno.

Llegó el ascensor, me subí en el y al llegar al cuarto piso
traté de salir directo a los baños. Qué vaina! Estaban por allá quien sabe dónde.

Buscando el baño me encontré justo con la sala donde estaba mi nuevo y desconocido amigo.

Con toda ceremonia me acerqué al féretro, lo observé como por un minuto, todavía estaban colocando los cirios a los lados, salí, firmé el libro de visitas con mi nombre y dejé mi número de teléfono.

Fui a buscar el baño y finalmente lo encontré. Oriné con gusto y me alegré de haber podido hacerlo.

Me bañé las manos, me compuse la corbata, me peiné y salí.

Quise utilizar las escaleras, por lo menos para cambiar de piso, pero en ese momento alguien me llamó, por mi nombre. Con calma voltee a mirar y me encontré con un señor de unos sesenta años aproximadamente, alto y delgado, muy bien arreglado y con una cara de tristeza indescriptible.

Cuando estuvimos cerca, nos abrazamos y nos tragamos las lágrimas. Acto seguido me hizo un relato de lo que había ocurrido.

Me contó que ese jueves como a las cinco de la mañana el fulano se estaba duchando y sintió un dolor de cabeza muy fuerte, que no podía soportar. Llamó a su padre, el señor que estaba frente a mí, y éste lo llevó de inmediato al hospital. Allá lo atendieron y de una vez fue a cirugía y a las once de la mañana ya estaba muerto.

De verdad me impactó lo acontecido, volví y abracé con cariño al viejo y lo llamé por el nombre de su hijo, supuse que se llamaban igual, y sí.

Nos quedamos unos segundos en silencio y al momento se acercó una señora enfundada en un traje negro, nos abrazamos fuerte y prolongado y le manifesté mi dolor y mis condolencias.

Entramos a sala y a medida que iban llegando familiares y amigos, me presentaban como el mejor amigo de Gustavito.

Pronto llegó su hermana, Ricarda, y me contó cómo Gustavo siempre hablaba de mí y relató algunos asuntos propios de nuestra amistad.

Ricarda era muy parecida a su madre, con una belleza sensual y sutil y ceremoniosa. Hablaba pausado y bien.

Me tomó de gancho, nos ubicamos en el corredor y saludábamos a la gente y me seguía presentando cono el amigo de Gustavo

Entretanto las personas hablaban de la vida y obra del difunto.
Cuando llegó el tío Abelardo, éste después de saludar a todos, nos invitó a Ricarda y a mí a tomar un café por ahí cerca. En efecto fuimos a un lugar agradable y el hombre Abelardo sí que hizo una semblanza muy completa del difunto.

Ahí me enteré de cómo se conoció conmigo y de cómo fuimos unos amigos de verdad.

 EL aguacero proseguía y al salir del café, Ricarda compartió conmigo su paraguas, igual me tomaba de gancho.

Regresamos a la sala fúnebre y allí permanecimos hasta que llegó la hora de almorzar. Yo invite a los padres y Ricarda a un restaurante a la altura de las circunstancias.

Yo frecuentaba ese lugar por lo que nos trataron con toda deferencia.

A ratos escampaba y volvía a llover. Yo estaba encartado con mi portafolio, así que Ricarda se ofreció a que lo dejamos en su auto, fuimos hasta allá y lo dejamos.

De vez en cuando yo atendía llamadas telefónicas  por razones de mi profesión y al comienzo era un poco parco cuando hablaba, pues, no sabía qué profesión tenía el amigo personal del que tanto había hablado Gustavo, por fortuna descubrí que también era abogado.

Ricarda me preguntó del porqué no llevé el proceso de separación de su hermano, y yo le contesté me dedicaba a otra línea del Derecho, cosa que ella encontró bien.

Ella, Ricarda, era docente de una universidad bien conocida; era socióloga como su hermano.

Estábamos por ratos en la sala de velación y a veces en el corredor, y ella atendida a  amigos, amigas, colegas y familiares, y yo ahí con ella todo el tiempo.

 Como a las seis de la tarde le dije a Ricarda que debía ir a mi oficina y que necesitaba el portafolio, ella enseguida se despidió de sus padres y me dijo que me llevaría, yo accedí, me despedí de ellos y de algunos de los presentes y me fui con  Ricarda para mi oficina.

Claro que me negué rotundamente que me llevará, pero me dí cuenta que era inútil, así que dejé que las cosas se desarrollaran con su curso normal.


Llegamos al edificio recogí alguna correspondencia, entramos a mi oficina, la invité a que sentara, y que me dispensara unos minutos mientras realizaba asuntos de rutina.

Ella entretanto miraba los diplomas, observaba la oficina, los libros desde donde estaba sentada y tomaba las cosas con mucha normalidad al igual que yo.

Revisamos la agenda del día siguiente y no tenía asuntos de mayor importancia, así que ella me dijo que se sentía muy complacida de que pudiera acompañarlos al funeral.

Regresamos a la funeraria, entramos, estuvimos un largo rato hasta que llegó la hora de irnos para nuestras casas.

Ya en la calle, ellos se ofrecieron a llevarme y yo decliné la invitación, argumentando el momento doloroso por el que se estaba pasando y ellos accedieron sin más.

Nos despedimos y quedamos de vernos al otro día, como a las diez de mañana para acompañarlos  y luego para la ceremonia fúnebre.

Abordé un  taxi; seguía lloviendo, y yo tenía hambre, así que busque donde comprar un pollo asado, lo hice y me fui a casa.

Ya en casa me lavé las manos, me quité la gabardina y la corbata, comí, vi un  poco de televisión y seguí con mis asuntos de rutina.

Leí algunos poemas de Osip Mandelstam   y luego me fui a la cama. Me dormí enseguida y desperté como a las cinco de la mañana y me fui a duchar.

En ese momento, cuando estaba duchándome, recreé la muerte del nuevo amigo muerto, y sentí un dolorcillo de cabeza.

Terminé de ducharme, me tomé una buena copa de vino tinto de mi buen vino y esperé en bata levantadora, a que despuntara el día.

Luego me preparé un  tinto bien cargado, fui al estudio y preparé un discurso fúnebre por si acaso.

Serían ya como las ocho de mañana y empezó a llover. Llovía muy duro, así que me puse cómodo, releí el discurso, y luego lo pronuncié de memoria ante el espejo y me dio gusto oírme.

Sentía esa pasión del discurso. Me fascinaba encontrarme en esas oratorias.

Me gustaba hablar en público; hacerme oír y penetrar en el sentir de las almas.

Tuve tiempo para escribir algunas cuartillas de una novela de mi autoría en curso, “Una manos Rojas”, y complací a mi oficio y a mi pluma que se fueron  robando el tiempo.

Se hizo tarde otra vez, ya era hora de salir para la funeraria. Sin embargo, me preparé me tomé otro tiempo mientras me preparé algo de comer y comí.

Me vestí un poco de prisa, tomé mi gabardina y no llevé paraguas, ni nada más.

El día plomizo y lluvioso. Difícil conseguir taxi. Intenté devolverme e irme en mi carro, pero por experiencia, sabía que me iba a encartar con él.

Esperé y esperé. Al fin apareció uno y lo contraté por horas para que me llevara a la funeraria, al cementerio y luego me trajera otra vez a casa.

El taxista estuvo de acuerdo. Era un joven lleno de vida, amable y charlatán. Le comenté por el momento prefería que guardásemos silencio, el hombre lo entendió y así lo hizo.

El tráfico pesado y más pesado. Se hacía más tarde aún.   Entre tacos y trancones fuimos llegando a la funeraria. Ya estaban montando el féretro a la carroza fúnebre, así que esperamos y luego nos fuimos detrás de la caravana hasta el cementerio.

Al llegar al cementerio, pensé que estaba el Cura esperándolos, pero no, la carroza siguió directo hacia el último aposento.

Seguia lloviendo a cántaros. Bajaron el féretro, lo llevaron hasta el sitio y acomodaron el ataúd para su descenso. Se guardaba un silencio espantoso.

El viento hacía más fuerte el aguacero. Descendieron el féretro y sentí la mirada de los presentes. Yo me había ubicado a los pies del difunto. Mi voz fue tomando vuelo en medio de aguacero y mi palabra tocó los linderos de la eternidad. Luego callé, escuché algunos sollozos y cómo las paladas de tierra daban el sempiterno adiós a mi nuevo amigo  El difunto.



Cementerio, Piedra, Tumba, Lápida Sepulcral, Muerte


domingo, 1 de diciembre de 2019

¿QUÉ ES POESÍA? Por Francisco Urrea Pérez- escritor Colombiano


Poesía es la esencia verbalizada de la vida en la marca de cada existencia.

Porque la poesía hace vibrar el todo del sentir y riela  la realidad en lo fantástico de las circunstancias del alma.

Para darle voz a lo humano, y se desembarque en los  insospechados y vivientes espectros de cada pasión.

La poesía es la piel de lo inmortal cuando es el espejo donde se vierte el rostro de la suerte humana.

En el oírse bajo la intemperie de la trashumancia. En el leerse en el nudismo de la palabra que nos vibra.

 En vestido cósmico  que cubre nuestra alegría.

En el  palparse en el otro como una sola existencia.

En el poseerse en el humano prójimo, como un canto que gobierna la mirada.

En el espíritu  de ese río de afectos que corre por las venas.

En el mar multicalor de la caricia.

En el semblante complacido de la persona amada.

En la brisa húmeda  de las sonrisas.

En el todo, cuando ese todo es el pie desnudo que  se ata sin más a nuestro paso y a la incertidumbre del  destino.