Me
estaba cogiendo el día y nada podía hacer. El tráfico imposible, el taxi donde
me transportaba no avanzaba y para empeorar la situación, tenía un orinada que
no podía ya soportar. Llamé por teléfono celular al despacho y les comenté la
situación, me excusé y pedí que aplazaran la audiencia, por fortuna, accedieron
a mi petición.
Le
dije al taxista que por favor me ubicara un baño y él me dijo que justo al
frente había una funeraria, que ahí podía orinar y salir, que si quería él me
esperaba. Agradecí su gentileza y le pedí que me dejara ahí, ya no tenía prisa,
y hombre accedió, le pagué la carrera y me bajé.
Casi
no podía andar. Llevaba el portafolio, la gabardina y estaba enfundado en traje
de Litis.
Al
llegar a la puerta de funeraria me abordó el vigilante y me preguntó que a
quien iba a visitar, le dije a un amigo pero aún no sé si ya lo habían traído. Me
dijo, sí, los señores de la funeraria lo están entrando, me acerqué a uno de
ellos y le pregunté, ése es don… y me contestó sí, es don Gustado Mendoza. Seguí a buscar el ansiado
baño y me abordó la recepcionista y me inquirió sobre el finado. Le dije el
nombre, ella buscó y me dijo que lo estaban instalando en la sala No, 304 del
tercer piso.
No
conocía la funeraria y fui hacia el ascensor y estaba arriba, así que me
devolví y fui a buscar un baño en el primer piso. El guarda me alcanzó y muy
amable me dijo que mi amigo estaba era en el cuarto piso. Así que me devolví y
esperé el ascensor. No aguantaba más.
No
había mucha gente porque eran como las
ocho
y media de la mañana. Afuera llovía intensamente y la ciudad estaba oscura,
soportando un crudo invierno.
Llegó
el ascensor, me subí en el y al llegar al cuarto piso
traté
de salir directo a los baños. Qué vaina! Estaban por allá quien sabe dónde.
Buscando
el baño me encontré justo con la sala donde estaba mi nuevo y desconocido
amigo.
Con
toda ceremonia me acerqué al féretro, lo observé como por un minuto, todavía
estaban colocando los cirios a los lados, salí, firmé el libro de visitas con mi
nombre y dejé mi número de teléfono.
Fui
a buscar el baño y finalmente lo encontré. Oriné con gusto y me alegré de haber
podido hacerlo.
Me
bañé las manos, me compuse la corbata, me peiné y salí.
Quise
utilizar las escaleras, por lo menos para cambiar de piso, pero en ese momento alguien
me llamó, por mi nombre. Con calma voltee a mirar y me encontré con un señor de
unos sesenta años aproximadamente, alto y delgado, muy bien arreglado y con una
cara de tristeza indescriptible.
Cuando
estuvimos cerca, nos abrazamos y nos tragamos las lágrimas. Acto seguido me hizo
un relato de lo que había ocurrido.
Me
contó que ese jueves como a las cinco de la mañana el fulano se estaba
duchando y sintió un dolor de cabeza muy fuerte, que no podía soportar. Llamó a
su padre, el señor que estaba frente a mí, y éste lo llevó de inmediato al
hospital. Allá lo atendieron y de una vez fue a cirugía y a las once de la
mañana ya estaba muerto.
De
verdad me impactó lo acontecido, volví y abracé con cariño al viejo y lo llamé
por el nombre de su hijo, supuse que se llamaban igual, y sí.
Nos
quedamos unos segundos en silencio y al momento se acercó una señora enfundada
en un traje negro, nos abrazamos fuerte y prolongado y le manifesté mi dolor y
mis condolencias.
Entramos
a sala y a medida que iban llegando familiares y amigos, me presentaban como el
mejor amigo de Gustavito.
Pronto
llegó su hermana, Ricarda, y me contó cómo Gustavo siempre hablaba de mí y relató
algunos asuntos propios de nuestra amistad.
Ricarda era muy parecida a su madre, con una belleza sensual y sutil y ceremoniosa.
Hablaba pausado y bien.
Me
tomó de gancho, nos ubicamos en el corredor y saludábamos a la gente y me
seguía presentando cono el amigo de Gustavo
Entretanto
las personas hablaban de la vida y obra del difunto.
Cuando
llegó el tío Abelardo, éste después de saludar a todos, nos invitó a Ricarda y
a mí a tomar un café por ahí cerca. En efecto fuimos a un lugar agradable y el
hombre Abelardo sí que hizo una semblanza muy completa del difunto.
Ahí
me enteré de cómo se conoció conmigo y de cómo fuimos unos amigos de verdad.
EL aguacero proseguía y al salir del café, Ricarda compartió conmigo su paraguas, igual me tomaba de gancho.
Regresamos
a la sala fúnebre y allí permanecimos hasta que llegó la hora de almorzar. Yo
invite a los padres y Ricarda a un restaurante a la altura de las
circunstancias.
Yo
frecuentaba ese lugar por lo que nos trataron con toda deferencia.
A
ratos escampaba y volvía a llover. Yo estaba encartado con mi portafolio, así
que Ricarda se ofreció a que lo dejamos en su auto, fuimos hasta allá y lo
dejamos.
De
vez en cuando yo atendía llamadas telefónicas
por razones de mi profesión y al comienzo era un poco parco cuando
hablaba, pues, no sabía qué profesión tenía el amigo personal del que tanto
había hablado Gustavo, por fortuna descubrí que también era abogado.
Ricarda me preguntó del porqué no llevé el proceso de separación de su hermano, y yo le
contesté me dedicaba a otra línea del Derecho, cosa que ella encontró bien.
Ella, Ricarda, era docente de una universidad bien conocida; era socióloga como
su hermano.
Estábamos
por ratos en la sala de velación y a veces en el corredor, y ella atendida a amigos, amigas, colegas y familiares, y yo ahí
con ella todo el tiempo.
Como a las seis de la tarde le dije a Ricarda que debía ir a mi oficina y que necesitaba el portafolio, ella enseguida se despidió
de sus padres y me dijo que me llevaría, yo accedí, me despedí de ellos y de
algunos de los presentes y me fui con Ricarda para mi oficina.
Claro
que me negué rotundamente que me llevará, pero me dí cuenta que era inútil, así
que dejé que las cosas se desarrollaran con su curso normal.
Llegamos
al edificio recogí alguna correspondencia, entramos a mi oficina, la invité a
que sentara, y que me dispensara unos minutos mientras realizaba asuntos de
rutina.
Ella
entretanto miraba los diplomas, observaba la oficina, los libros desde donde
estaba sentada y tomaba las cosas con mucha normalidad al igual que yo.
Revisamos
la agenda del día siguiente y no tenía asuntos de mayor importancia, así que ella
me dijo que se sentía muy complacida de que pudiera acompañarlos al funeral.
Regresamos
a la funeraria, entramos, estuvimos un largo rato hasta que llegó la hora de
irnos para nuestras casas.
Ya
en la calle, ellos se ofrecieron a llevarme y yo decliné la invitación,
argumentando el momento doloroso por el que se estaba pasando y ellos
accedieron sin más.
Nos
despedimos y quedamos de vernos al otro día, como a las diez de mañana para
acompañarlos y luego para la ceremonia fúnebre.
Abordé
un taxi; seguía lloviendo, y yo tenía
hambre, así que busque donde comprar un pollo asado, lo hice y me fui a casa.
Ya
en casa me lavé las manos, me quité la gabardina y la corbata, comí, vi un poco de televisión y seguí con mis asuntos de
rutina.
Leí
algunos poemas de Osip Mandelstam y luego me fui a la
cama. Me dormí enseguida y desperté como a las cinco de la mañana y me fui a
duchar.
En
ese momento, cuando estaba duchándome, recreé la muerte del nuevo amigo muerto,
y sentí un dolorcillo de cabeza.
Terminé
de ducharme, me tomé una buena copa de vino tinto de mi buen vino y esperé en
bata levantadora, a que despuntara el día.
Luego
me preparé un tinto bien cargado, fui al
estudio y preparé un discurso fúnebre por si acaso.
Serían ya como las ocho de mañana y empezó a llover. Llovía muy duro, así que me puse
cómodo, releí el discurso, y luego lo pronuncié de memoria ante el espejo y me dio
gusto oírme.
Sentía
esa pasión del discurso. Me fascinaba encontrarme en esas oratorias.
Me
gustaba hablar en público; hacerme oír y penetrar en el sentir de las almas.
Tuve
tiempo para escribir algunas cuartillas de una novela de mi autoría en curso, “Una
manos Rojas”, y complací a mi oficio y a mi pluma que se fueron robando el tiempo.
Se
hizo tarde otra vez, ya era hora de salir para la funeraria. Sin embargo, me
preparé me tomé otro tiempo mientras me preparé algo de comer y comí.
Me
vestí un poco de prisa, tomé mi gabardina y no llevé paraguas, ni nada más.
El
día plomizo y lluvioso. Difícil conseguir taxi. Intenté devolverme e irme en mi
carro, pero por experiencia, sabía que me iba a encartar con él.
Esperé
y esperé. Al fin apareció uno y lo contraté por horas para que me llevara a la
funeraria, al cementerio y luego me trajera otra vez a casa.
El
taxista estuvo de acuerdo. Era un joven lleno de vida, amable y charlatán. Le comenté
por el momento prefería que guardásemos silencio, el hombre lo entendió y así lo
hizo.
El
tráfico pesado y más pesado. Se hacía más tarde aún. Entre tacos
y trancones fuimos llegando a la funeraria. Ya estaban montando el féretro a la
carroza fúnebre, así que esperamos y luego nos fuimos detrás de la caravana
hasta el cementerio.
Al
llegar al cementerio, pensé que estaba el Cura esperándolos, pero no, la carroza
siguió directo hacia el último aposento.
Seguia lloviendo a cántaros. Bajaron el féretro, lo llevaron hasta el sitio y acomodaron
el ataúd para su descenso. Se guardaba un silencio espantoso.
El
viento hacía más fuerte el aguacero. Descendieron el féretro y sentí la mirada
de los presentes. Yo me había ubicado a los pies del difunto. Mi voz fue tomando
vuelo en medio de aguacero y mi palabra tocó los linderos de la eternidad. Luego callé, escuché algunos sollozos y cómo las paladas de tierra daban el
sempiterno adiós a mi nuevo amigo El difunto.


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